La pregunta que cambió cómo trabajo cada día.
Empecé en la consulta de heridas como cualquiera: siguiendo protocolos, cambiando apósitos, aplicando lo que me habían enseñado. Y funcionaba. Hasta que empecé a ver heridas que no avanzaban aunque estuviera haciendo todo bien.
La úlcera venosa que llevaba meses igual con el apósito correcto. El pie diabético que no cerraba aunque desbridara y protegiera. La LPP que volvía en el mismo sitio tres meses después del cierre.
¿Qué estaba haciendo mal? Esa pregunta fue el punto de inflexión. La respuesta, incómoda y liberadora a la vez: no fallaba el apósito. Fallaba el enfoque. Estaba tratando la herida sin tratar el problema que la mantenía abierta.
Desde entonces, cada cura empieza con una pregunta antes de abrir el apósito: ¿qué está bloqueando el cierre de esta herida? La respuesta casi nunca está en el lecho. Y eso lo cambia todo.